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viernes, 8 de mayo de 2015

Ella ha vuelto a estudiar



Cuando entré al instituto, no sabía que iba a tener que abandonarlo tiempo después. Entré a trabajar sin tener conciencia clara de hasta qué punto aquel dinero era importante en casa.

Cuando un día mi padre empezó a insultarnos a mi madre y a mí, no sabía que aquello iba a ser el principio del fin de su matrimonio..., y de nuestro hogar familiar. Nos aguantamos, y yo empecé a salir con un chico que trabajaba en un bar cerca de mi trabajo sin adivinar que yo misma viviría años después una historia similar a la de mi madre.


Cuando mi hermano pequeño, mi madre y yo tuvimos que abandonar nuestra casa de toda la vida, no supe ver que aquel nuevo piso no reunía condiciones para vivir con dignidad; pero aguantamos una vez más. Comencé a trabajar en una fábrica; pero desconocía mis derechos y no supe, hasta años después, que aquel sueldo era una miseria.


Cuando más tarde me casé, no sabía que aquel chico se iría a convertir en ese hombre que me abandonó y al que dejé de querer años después. Tuvimos una hija, a la que intenté educar lo mejor que pude, y conseguí traerme a madre a casa. Ahora él vive en otra ciudad, mi hija vive en otro país, muy lejos de aquí, y mi madre vive en otro mundo. Su cabeza también se mudó, aunque el resto de su ser sigue a mi lado.


Cuando me despidieron de aquella fábrica, no supe cuánto iba a tener que luchar después para conseguir una mísera pensión. Luego, me enteré de que los primeros años no habían cotizado por mí; y en los últimos, estos primeros de la crisis, sufrimos la angustia del cierre y del despido de casi toda plantilla, tras meses de opresión y de huelgas frustradas. A mi edad solo me tocó aguantar una vez más.


Cuando repaso mi vida recuerdo todos estos momentos amargos; pero también otros muchos felices, sobre todo, me acuerdo de aquel profesor que el primer año de instituto me regaló un libro, este libro que tengo aquí a mi lado y todavía conservo. Lo he leído muchas veces, y he leído otros muchos desde entonces. Mis libros, mi refugio.


Cuando entré, hace unos meses, en el centro de educación de personas adultas de mi barrio, no sabía nada de Biología,  de Geografía, de Historia... No sabía ni dividir, ni siquiera recordaba qué eran el sujeto y el predicado. Pero sí recordaba los libros. No sabía qué era la Filosofía, ni la Mitología ni la Semántica..., pero recordaba los cuentos que aquel profesor nos leía en clase.


Ahora mismo sé, mejor que nunca, que no sé nada; pero que mi vida sigue teniendo sentido, más que nunca, y no tengo por qué seguir aguantando, sino luchando..., y soñando. 




Relato: Luis Cuesta
Fotografía: wikipedia
Blog: Comunicación en la ESPA


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Poemario: Se avecinan noches de tormenta