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viernes, 29 de julio de 2016

Náufragos



No eran Rose y Jack en el Titanic, ni podían compararse con Robinson y Viernes de aquella isla habitada por caníbales; no eran esa clase de personajes, aunque se asemejaban en parte. Tampoco había barcos ni islas perdidas en el océano. Esa etapa había sido superada con varias muertes en la memoria. Hoy, simplemente, eran dos seres en una habitación, en medio de la ciudad, desconectados del mundo, alejados de cualquier radar, fuera de todas las rutas legítimas; pero unidos por el mismo tipo de amor, o de amistad, que siempre ha unido a dos náufragos en cualquier época y lugar del universo. Yusuf había dejado mujer e hijos en Damasco; Naima había perdido a los suyos en el primer purgatorio de aquel puerto europeo, contrapunto de su Palmira natal. Ambos llevaban meses rogando, llorando, suplicando aquí y allá… Nadie podía hacer nada…; tan solo quedaba esperar y seguir buscando… Mas hoy, y ahora, sus cuerpos, y sus almas, encontraban el consuelo de los besos y las caricias que el mar y la distancia se habían tragado.



22 de julio 2016 

Relato by Luis Cuesta 

Fotografía: wikipedia

Contacto: cosasquesiento@gmail.com
Twitter: @c_grant1 
Facebook: Rita



Poemario: Punto y seguido
Poemario: Se avecinan noches de tormenta



viernes, 8 de mayo de 2015

Ella ha vuelto a estudiar



Cuando entré al instituto, no sabía que iba a tener que abandonarlo tiempo después. Entré a trabajar sin tener conciencia clara de hasta qué punto aquel dinero era importante en casa.

Cuando un día mi padre empezó a insultarnos a mi madre y a mí, no sabía que aquello iba a ser el principio del fin de su matrimonio..., y de nuestro hogar familiar. Nos aguantamos, y yo empecé a salir con un chico que trabajaba en un bar cerca de mi trabajo sin adivinar que yo misma viviría años después una historia similar a la de mi madre.


Cuando mi hermano pequeño, mi madre y yo tuvimos que abandonar nuestra casa de toda la vida, no supe ver que aquel nuevo piso no reunía condiciones para vivir con dignidad; pero aguantamos una vez más. Comencé a trabajar en una fábrica; pero desconocía mis derechos y no supe, hasta años después, que aquel sueldo era una miseria.


Cuando más tarde me casé, no sabía que aquel chico se iría a convertir en ese hombre que me abandonó y al que dejé de querer años después. Tuvimos una hija, a la que intenté educar lo mejor que pude, y conseguí traerme a madre a casa. Ahora él vive en otra ciudad, mi hija vive en otro país, muy lejos de aquí, y mi madre vive en otro mundo. Su cabeza también se mudó, aunque el resto de su ser sigue a mi lado.


Cuando me despidieron de aquella fábrica, no supe cuánto iba a tener que luchar después para conseguir una mísera pensión. Luego, me enteré de que los primeros años no habían cotizado por mí; y en los últimos, estos primeros de la crisis, sufrimos la angustia del cierre y del despido de casi toda plantilla, tras meses de opresión y de huelgas frustradas. A mi edad solo me tocó aguantar una vez más.


Cuando repaso mi vida recuerdo todos estos momentos amargos; pero también otros muchos felices, sobre todo, me acuerdo de aquel profesor que el primer año de instituto me regaló un libro, este libro que tengo aquí a mi lado y todavía conservo. Lo he leído muchas veces, y he leído otros muchos desde entonces. Mis libros, mi refugio.


Cuando entré, hace unos meses, en el centro de educación de personas adultas de mi barrio, no sabía nada de Biología,  de Geografía, de Historia... No sabía ni dividir, ni siquiera recordaba qué eran el sujeto y el predicado. Pero sí recordaba los libros. No sabía qué era la Filosofía, ni la Mitología ni la Semántica..., pero recordaba los cuentos que aquel profesor nos leía en clase.


Ahora mismo sé, mejor que nunca, que no sé nada; pero que mi vida sigue teniendo sentido, más que nunca, y no tengo por qué seguir aguantando, sino luchando..., y soñando. 




Relato: Luis Cuesta
Fotografía: wikipedia
Blog: Comunicación en la ESPA


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Poemario: Se avecinan noches de tormenta


miércoles, 6 de agosto de 2014

La extraordinaria riqueza de solo cuatro letras


love para Cosas que siento

  Mi nombre es Mirian y soy rica. Muy rica. Extremadamente rica. En cambio Alberto, mi hermano, es tan pobre que únicamente tiene dinero. Tan solo eso. Nada más.

  Para contaros el porqué de mi riqueza nos remontaremos al año 1.984, treinta años atrás. Yo apenas había cumplido los diecinueve por aquel entonces y Alberto tenía veinticuatro. Mi hermano se había pasado la vida diciéndome que yo debía casarme con alguien que poseyera título nobiliario. Pero desde que cumplí los dieciséis su insistencia se había vuelto tan persistente que llegó a obsesionarle convirtiendo ese deseo en su cruzada personal. Alberto decidió que yo sería la encargada de emparentar a la familia con la nobleza sí o sí. Y para llegar a tal fin no paraba de presentarme a todos sus amigos y con cuantos se codease siempre y cuando perteneciesen a esa noble clase. Evidentemente no era por una cuestión económica ni mucho menos, mi familia provenía de la alta burguesía, eran dueños de cuantiosas empresas y el dinero nunca resultó ser un problema o un bien escaso en nuestro hogar, manaba como de una fuente. Pero alcanzar ese dichoso título se había apoderado de su cabeza de tal forma que lo nubló. Y lo peor, consiguió convencer a mi padre de ello y él también le apoyó. La única que no opinó, para no variar, fue mi madre. Ella calló como siempre. Su boca nunca contradecía a los dos hombres de la casa. Sus palabras eran la ley y su ley algo indiscutible. Así que me vi sola, sin ayuda de nadie ante la locura de casarme con quien ellos dijesen. Debía ser sumisa a su decisión sin rechistar y en aquel momento, viéndome tan sola, callé.

  Aquel verano hubo un problema de tuberías en nuestra casa y mis padres, como de costumbre, avisaron a Narciso, el fontanero habitual. Pero esta vez Narciso no venía solo, traía como ayudante a su hijo; un guapísimo muchacho que me agitó el corazón nada más ver sus brillantes ojos color miel, su moreno pelo ondulado y su bonita sonrisa marcando un gracioso hoyuelo en su barbilla. Se llamaba Eduardo, Edu para todos, me aclaró al presentarse. Y Edu sería el responsable de cambiar todo en mi vida, de hacerme extraordinariamente rica.

  Mientras Narciso contaba que su hijo tenía veinte años y era un buen estudiante que acababa de finalizar con gran éxito el primer año de Veterinaria, Alberto y su despreciativa mirada analizaba a Edu de arriba abajo sin dar ni los buenos días, cuanto menos estrechar la mano con él. Después de marcar su terreno con su desafiante mirar Alberto se marchó, desprendiendo por el camino sus aires de superioridad e indiferencia para hacerle comprender a Edu que él pertenecía a una clase superior que ni en sueños pretendía mezclarse con un obrero, un manos sucias. Ese era el apodo con que mi hermano se dirigía a la clase obrera: manos sucias. Explicaba que los llamaba así porque era imposible no ver la suciedad y los restos de su trabajo incrustados en sus agrietadas y ásperas manos y por debajo de sus uñas. Y lo describía con cara de asco al hacerlo, realmente los tenía aversión, los trataba como a leprosos. Nunca entendí esa actitud de mi hermano, esa manera de sentirse más que los demás. No logré comprenderlo jamás ni a día de hoy, pasados treinta años, lo había conseguido.

  Edu y yo nos sentimos atraídos desde el primer momento y los dos fuimos conscientes de ello. Y como quería continuar viéndole, que regresase a mi casa, me dediqué a atascar tuberías para darle más trabajo. Cuando comprendí que tanta avería iba a llamar la atención pues hasta Narciso andaba un poco mosqueado, le pedí a mi madre reformar mi baño entero, quería cambiar de lugar la disposición de todos los sanitarios. Sin poner ninguna objeción, mi madre aceptó. Aquella reforma les llevó más de dos semanas, un tiempo maravilloso en el que intenté separarme de Edu lo menos posible. No solo era guapo, además era simpático, divertido, inteligente y se podía entablar cualquier tipo de conversación con él. Con la excusa de que debían hidratarse por el calor que se concentraba en aquel baño, les acercaba muy frecuentemente un refrigerio. Alguna vez también lo acompañaba con algún aperitivo para que llenasen un poco el estómago, aunque mi verdadera finalidad era hacer que Narciso, con tanto líquido y su poca retención en la vejiga, tuviese que ahuyentarse al baño de la planta baja y Edu y yo nos quedásemos solos unos minutos. Unos minutos en los que nuestros ojos se hablaban y nuestras sonrisas no paraban de desearse. Justo el día que terminaban con la reforma, en una de las últimas visitas de Narciso al baño, Edu me pidió una cita. Dudé qué contestar, sabía que mi familia nunca me permitiría ni aprobaría salir con él. Edu pareció leerlo en mi mente y al momento se disculpó por hacerlo. “Perdóname, por un instante he olvidado que provenimos de clases muy distintas”. Le expliqué que no se confundiese, que eso a mí no me importaba en absoluto, pero era cierto que mi hermano, antes que nadie, se opondría de plano si se enterase. Le propuse, siempre y cuando no le hiciese sentir mal, vernos a escondidas, en lugares donde ni mi familia ni sus amistades pudiesen acudir. Edu aceptó de inmediato y quedamos en vernos en la cafetería de un pueblo alejado de nuestra ciudad.

  Para salir ese día puse la excusa de irme con Nora y Blanca, mis dos mejores amigas. Contándoles una buena y creíble mentira, les avisé por si mi hermano las llamaba para comprobar que estuviese con ellas, Alberto me tenía muy medidos los pasos. Aquella primera cita con Edu fue maravillosa. Nos confesamos que estábamos enamorados, que nos queríamos, y sellamos nuestra confesión con un beso dulce, apasionado pero un poco contenido y lleno de amor. Nuestro primer beso. Aunque no fue el último de esa cita, nuestras bocas después de probarse no querían separarse nunca.

  Durante un mes Edu y yo nos vimos en cinco ocasiones más. Todas las citas fueron fantásticas, nos sentíamos como almas gemelas, hechos el uno para el otro, y así nuestro amor crecía como un rayo, con velocidad vertiginosa. Pero en la sexta cita ocurrió algo que terminó cambiando mi vida, la vida que conocía hasta ese momento. Mi hermano, sin saber cómo se enteró pues jamás me lo dijo, se presentó mientras Edu y yo apaciguábamos nuestro amor con un  largo beso. De un brusco tirón me separó de él y acto seguido comenzó a darle puñetazos a diestro y siniestro, como una bestia descontrolada. Al mismo tiempo le gritaba que yo no era para él, un miserable manos sucias, y que si volvía a acercarse a mí le mataría; algo que creí iba a hacer en ese mismo momento de no ser separado por unos clientes de la cafetería. Edu sangraba por la boca, nariz, e incluso ceja, su cara había quedado hecha un cristo. Sin parar de llorar intenté acercarme a él, pero Alberto me lo impidió dándome un fuerte empujón y sacándome de allí arrastras.

  Tres meses pasaron hasta tener de nuevo noticias de Edu. Tres meses largos y asfixiantes en los que Alberto no me dejó salir y yo únicamente deseé morir. Un día Ana, una de las criadas, me pasó una nota proveniente de él, de Edu, de mi amor. Me rogó que guardase silencio, se jugaba su trabajo de enterarse alguien. “Tranquila, nadie lo sabrá”, contesté con el corazón desbocado. En la nota Edu me suplicaba verme, no podía pasar un día más sin mí, me amaba. Me pedía una contestación lo antes posible con el día, lugar y hora para nuestro encuentro. En ese momento tomé una decisión, la mejor de toda mi vida, e ideé un plan perfecto para poderla llevar a cabo. Después de darle otra nota a Ana con mi contestación para Edu, bajé al salón y le comuniqué a mi hermano que quería salir con uno de sus amigos, uno que ostentaba el título de Marqués concretamente y que me había tirado los tejos en más de una ocasión. Alberto no tardó ni un segundo en llamarle para concertar una cita dentro de dos días, cuando yo le dije. Luego, tras colgar, me abrazó y besó feliz diciéndome que le alegraba enormemente ver que por fin había entrado en razón. Yo asentí y le contesté que había abierto los ojos, había permanecido totalmente confundida pero ahora lo tenía todo claro. Mentira podrida. Aunque sirvió para convencer a mi hermano que era lo que me importaba. Lo que él ignoraba y ni podría imaginar era que esa cita sería mi puerta de escapatoria y la encargada de abrirme la felicidad, la excusa ideal para poder marcharme de casa sin problemas. Naturalmente nunca llegué a esa cita con el marquesito de marras, a la que asistí fue a la de mi amor, Edu. Esa misma tarde los dos nos marchamos a Sevilla, a la otra punta de la península. Él allí tenía unos familiares que nos acogerían y darían trabajo, tenían una pequeña empresa dedicada a la confección de calzado. No me quedó más remedio que tomar aquella decisión y escapar, huir a un lugar que mi familia ni sospechase. Ellos jamás me permitirían estar con Edu y yo no quería ni necesitaba otra cosa en el mundo.

  Los primeros años fueron muy duros, de mucho esfuerzo, pero también los más felices de mi vida. Por primera vez sufrí en mis carnes el significado de “ganarse el pan con el sudor de tu frente”, esforzarte para conseguir algo, no pedirlo y obtenerlo al momento y sin más. Y resultaba gratificante, duro pero reconfortante y motivador.

  Durante todos estos años supe por la prensa que mi hermano se había casado cuatro veces y jamás emparentó con la nobleza. Pero además esos matrimonios, aparte de no aportarle ningún descendiente, solo sirvieron para hacerle perder un buen pico de dinero y el apodo de “El lobo solitario”. La prensa le definía como una persona desconfiada, que con los años se había vuelto parco en palabras y hasta un poco huraño. Lo primero estaba convencida no era un problema para él, perder una gran cantidad de su cuantiosa fortuna sería algo que, seguramente, repondría en poco tiempo. Pero la soledad, no conocer el verdadero amor ni tener hijos era lo que le había vuelto de esa forma, estaba convencida. Su vida era como una nuez vana. Su aspecto exterior era igual de saludable que el de las demás, pero por dentro estaba hueca, vacía. Eso era lo que le había amargado su carácter, el no tener nada realmente importante en la vida. Por eso yo soy rica. Muy rica. Extremadamente rica. Y lo soy porque vivo con un hombre maravilloso que me ama y al que quiero con locura. Él me ha hecho los dos mejores regalos de mi vida, Elena y Miguel, mis hijos; dos personas increíbles que junto a los nietos que me han dado colman por completo la saca de mi abundancia. Tengo todo cuanto preciso y reboso amor en cantidades industriales. Por todo eso mi riqueza supera a la de mi hermano, es más abundante que todo el dinero que amase Alberto, que todos los beneficios que den sus importantes empresas. Porque la única y verdadera fortuna en este mundo solo se concentra en una corta palabra: AMOR. Y quien lo tiene y disfruta puede considerarse rico. Muy rico. Extremadamente rico. 

Autora: María Tierno
Fotografía: wikipedia

Gracias a mi amiga María por este maravilloso regalo.


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sábado, 5 de julio de 2014

Infierno habitado


Infierno habitado para Cosas que siento

María vivía en una localidad del sur de la Comunidad de Madrid. Durante casi veinte años, María había trabajado para una empresa de un polígono industrial. En 2009, en plena la crisis, la empresa cerró y despidieron a todo el personal. 
Después de aquello, anduvo buscando trabajo unos meses, pero no encontró nada. Su currículum no reflejaba más estudios que los primarios, un título de EGB del año 89, que había obtenido en el colegio público de su barrio. En aquella época, tenía quince años y nunca había pensado en ir al instituto, sus padres y profesores llevaban tiempo advirtiéndole que no valía para estudiar. Así que, al finalizar octavo, la necesidad de aumentar los ingresos en casa fue más fuerte que sus ganas de seguir más años atada a los libros y a un pupitre.

Yo viví en el mismo barrio que María y estudié EGB en su misma clase. María fue mi mejor amiga de juventud y ayer por la mañana me la encontré sentada en un banco del Retiro.

Llevaba años sin saber de ella. 
Nuestra amistad se forjó en aquel colegio y duró casi una década. Después de acabar en el cole seguimos saliendo juntas. Al cumplir los dieciocho, las dos nos echamos novio. Juan, María, Pedro y yo solíamos salir por ahí las noches de los viernes y sábados. Yo estudiaba y ellos tres trabajaban, pero aquello nunca supuso un problema. Fueron unos años geniales, nos llevábamos muy bien, y disfrutamos mucho juntos. Solíamos pasar el mes de agosto los cuatro en la playa. El resto del año hacíamos también alguna excursión de fin de semana. Teníamos dinero y éramos jóvenes. Pero todo cambió el día en que yo, un año después de terminar en la universidad, conseguí un puesto de maestra en Alicante y decidí dejar Madrid..., y también a Pedro. María y yo seguimos en contacto durante un tiempo. Luego, la lejanía terminó por enfriar nuestra relación.

Ayer al verla después de tantos años me pareció mucho mayor que yo. Fue ella quien me reconoció. Nos abrazamos, saltamos, gritamos... y, acto seguido, María comenzó a hablar. Me contó que Juan y ella seguían juntos y habían tenido dos hijos. Juan estaba en el paro y ella llevaba un mes trabajando por las noches limpiando oficinas, pero su contrato se acababa en julio. Me explicó cómo la despidieron de aquella empresa después de muchos años de duro trabajo y bajo sueldo. En 2010 había vuelto a estudiar, se había matriculado en un centro de adultos y sacado el título de la ESO. El curso pasado terminó un ciclo de grado medio y ahora estaba preparándose para unas oposiciones.

A pesar de las circunstancias, hasta ahí el tono de su relato me pareció ilusionado, pero, de repente, su voz se quebró. Rompió a llorar y, entre lágrimas, empezó a darme más detalles de su situación económica. Llevaban dos meses sin pagar la hipoteca y con la luz cortada. Durante estos últimos cuatro años, Juan había sido el sostén económico en casa, pero en 2012 fue también despedido del ayuntamiento para el que trabajaba y la prestación por desempleo se le había acabado hacía cuatro meses. Los del banco no paraban de llamarles por tener la cuenta al descubierto y varios recibos devueltos. El colegio de los niños les había mandado una carta por falta de pago del último trimestre del comedor. El verano se planteaba lleno de problemas, no les quedaba dinero ni para comer. En este punto, yo también me vine abajo, la abracé y comencé a llorar con ella. No sabía qué otra cosa hacer ni decir. Saqué cincuenta euros del monedero de mi bolso junto con una tarjeta con mi nombre y teléfono. Puse ambas cosas en su mano. María hizo un pequeño gesto de rechazo. Apreté sus dos manos con las mías, y ella me dio las gracias... Nos despedimos en silencio.

Anoche no pude dormir. El resumen de mi vida después de salir de Madrid no paraba de dar vueltas en mi cabeza junto a una pregunta. Me fui a Alicante, me volví a enamorar, me casé con un compañero madrileño que también consiguió su primer destino en mi centro, nos compramos un piso, tuvimos dos hijos, cuando pudimos nos volvimos a Madrid, no tenemos problemas de dinero, y somos muy felices; pero..., ¿qué habría sido de mí, si mis padres o alguno de mis profesores del colegio, del instituto o la universidad me hubieran dicho que yo no valía para estudiar?


Autor: Luis Cuesta
Fotografía: wikipedia


Gracias a mi amigo Luis por este maravilloso relato lleno de emociones y sentimientos.



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lunes, 30 de junio de 2014

Mensaje en una botella



mensaje para Cosas que siento


El temporal había pasado y las olas volvían a acariciar la orilla. La espuma se metía entre los dedos de sus pies y le hacía cosquillas, como cuando Ingrid se los besaba para despertarle entre sonrisas. Era una de las cosas que más le gustaban de ella, la forma en que le besaba los pies. 

Respiró hondo y siguió caminando por la playa mientras pensaba en su vida itinerante a bordo de su particular Pequod, en busca de un destino que le había llevado a aquella isla y le había permitido conocerla a ella, la mujer con la que quería pasar los últimos años de su vida.

Estuvo a punto de pisarla, pero retiró el pie a tiempo. La botella estaba medio enterrada en la arena, como una ballena a la que se le hubiera terminado la literatura y las ganas de vivir. Tenía un brillo especial. Pensó moverla con el pie, pero decidió agacharse y mirar en su interior. Tal vez escondiera un mensaje, se dijo, como en las historias románticas que había vivido a lo largo de su vida en brazos de mujeres maduras que le enseñaron todo lo que sabía. Ahora su vida había dado un vuelco. Ingrid tenía cuarenta años menos que él y la gente los miraba con extrañeza. Esa historia no podía durar, decían algunos, era imposible. Seguro que ella le sería infiel en cuanto apareciera alguien de su edad, comentaban otros, para añadir que la vida poseía una lógica determinada y nadie podía romperla, ni siquiera un aventurero como él. Les separaba más que una vida de experiencias, se escuchaba también en aquella ciudad donde no ocurrían demasiadas cosas de interés, y pronto chocarían hasta hacerse daño. Ellos reían, y se pasaban el tiempo haciendo el amor, hablando y caminando por la playa donde él acababa de encontrar una botella que brillaba de forma especial.

Movió la botella varias veces y consiguió sacar un pequeño estuche de su interior que, en efecto, contenía un mensaje.

Era de Ingrid.


Autor:Justo Sotelo
Cuento publicado en DiarioProgresista  el 24 de enero de 2014.
Fotografía: wikipedia

Gracias especiales


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